Secretos escondidos en el fondo de la botella
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En Barcelona hay un pequeño rincón donde confluyen todos esas almas perdidas en la noche, perdedores con ínfulas de grandeza largamente olvidada, y soñadores sonámbulos desengañados de sus propias ilusiones. En ese lugar se desmontan los castillos en el aire, se dinamitan todos los sueños… y se apuran las copas como si de valientes romeos fueran a buscar a julieta y arrancarla de los brazos de la muerte. De tan ebrio de tristeza que estaba (entre otras cosas), me dejé llevar, flotando como un niño perdido en manos del flautista de hamelin, para encontrarme sentado delante de una barra, junto a todo un gremio de fracasados de la noche, ante un barman que de tanto frotar el fondo de los vasos, creía que los iba a agujerear.
En una pequeña pista de baile se contoneaban como autómatas dos mujeres mirando en derredor con una mueca de fastidio en los labios, pero con una mirada suplicante a cada sombra que se moviera en su perímetro, intentando desesperadamente aparanterar que no eran víctimas ya de su propia desesperación. Si las noches de fin de semana son un cúmulo de personas deseando ser deseadas, estas dos pobres almas eran el vivo ejemplo llevado hasta el último extremo. El camarero, avispado como si fuera un extensión del subconciente global de ese microcosmos, me sirvio unos generosos 4 dedos de veneno “marca de la casa” mientras sonreia como un santurrón que no tuviera nada mejor que hacer que ver como se desintegraba el prójimo camino de su infierno particular. Alguien acertó a llamarlo Caronte, en una versión satirico-etílica del viaje hasta el Hades, arrancando las carcajadas de la parroquia. “muy bien”, pensé yo; “estoy rodeado de gente culta. Idiota, borracha perdida, pero culta…”.
No hacía demasiado que me habia marchado de la fiesta y me encontré que habia empalmado con un funeral. ¿Como podemos caer tan bajo, como podemos dejar que la vida nos pisotee de esa manera, olvidandonos de nuetra decencia, nuestros principios, nuestro amor propio? pues muy facil, amigos y amigas; intentad ahogar vuestras penas en un vaso de licor, y correis el riesgo de que os ahoguen ellas…
Es cierto que en mi vida he dejado pasar muchas oportunidades. Pero esa noche pensé que ese era el último barco, la espada y la pared, y yo no sólo no hice nada al respecto, sino que encima contribuí para que todo se torciera aun mas si cabe, para acabar en un antro de mala muerte donde lo mejor que podia pasar era verme involucrado en una pelea y que me rajaran la cara con un cristal.
Poco a poco el bar se fue vaciando, o la musica se fue difuminando, no lo sé. Lo único que escuchaba ya era murmullos apagados por una Célia ultraterrena cantando el himno de los descastados, los desengañados y, por que no, de casi todos los borrachos. Intenté en vano desentrañar esos secretos que solo se guardan en el fondo de la botella, para acabar naufragando entre los versos de la canción. Los segundos parecieron detenerse durante demasiado tiempo, así que opté por la opción mas válida, y quizas la mas inteligente desde que todo comenzó a desenfocarse sobre la medianoche; acallaria esa airada discursión entre mi cerebro racional y mi corazón, me perdería entre las sombras de las calles, renegaría por enésima vez de mi estampa, y jurando no volver a enamorarme, deambularia por el desierto de asfaltohasta que el Sol, o los municipales, me encontraran tirado en cualquier parte.
No recuerdo como llegue a casa, pero llegué. Entero, sin un rasguño, con todas mis pertenencias. Lo último que recuerdo de esa noche es que tenia por andar todo el trayecto de plaça de sants hasta paseo de gracia, con media botella de white label medio escondida en una bolsa de plástico de supermercado (gentileza del bueno de “Caronte”) y una estrofa enqusitada en mi cabeza que no paraba de sonar.
Cuanta razón tenias, Célia: “Hay dos dias en la vida…”