Ángeles

eagle-tattoo-designs-4

(Una vez más, os pido que pongáis la canción que tenéis al pie de entrada, antes de leerla.  Disfrutareis mas de la experiencia.  Os lo prometo).

Hay ángeles entre nosotros, os lo juro.

Se han manifestado ante mí de las maneras mas inverosímiles, y tan solo el suave roce de su recuerdo en mi mente me provocan un mar de lágrimas, una tormenta perfecta en mi cabeza.

Un grito en mitad de la oscuridad.

El primer ángel me rodeó siendo yo muy, muy pequeño, de un océano de libros en los que surcaba en su epicentro como un pirata mofletudo de risa fácil, absorbiendo el mundo entero con pequeñas esmeraldas brillantes, de esas que solo se encuentran en viejos arcones sumergidos en frías aguas o, si eres lo suficientemente rápido, las atrapas al vuelo al contemplar como alguien descubre con gozo la habilidad de leer, por vez primera.

Primer ángel, criatura primigenia de una belleza sin igual; la suma de todos sus defectos, unidas a un amor inconmensurable por su retoño.  Esas pinceladas de sabiduría innata, esa que solo los dioses otorgan a las madres.

El consuelo perfecto, la voz que acalla las tormentas.  Tejedora primordial de mis primeras alas, hechas de sueños, esperanzas y palabras, siempre palabras, esperándome pacientemente en la casilla de salida.

Queriendo ser, como no, la primera en verme volar.

Mi segundo ángel vestía el fuego de las hadas en su cabello y sus ojos eran un pedazo de mar robado a las sirenas.  Si te miraba, corrías el riesgo de naufragar; si le acariciabas el pelo, solo podías brillar.
Me enseñó que no hay limite en la pasión, y sin pasión, somos almas en pena que deambulan sin motivo por la tierra.  Consiguió hacerme resurgir de entre los muertos, y donde antes solo había un remolino de sinsentidos sin control, los convirtió en senderos hacía lugares seguros.  Dibujó un refugio con su dedo en mi espalda una noche, y sin quererlo, puso la primera piedra en este castillo, su castillo, y desde entonces vuelvo a él con la esperanza de encontrarla en aquel rincón, en aquel lugar donde solíamos gritar.

Mi tercer ángel apareció justo al perder al primero.  Fue una especie de tenue relevo, en mitad de la furia sorda de un corazón descarriado, envuelto en una tranquila desesperación.  Apareció de improviso, como quien descubre a una criatura salvaje acariciándole el dorso de la mano, mientras yaces sentado en mitad de un bosque desconocido.
Me halló entre las sombras, danzando con mis demonios, ebrio de impotencia, de pena… con ganas de escapar.

Me descubrió quebrado; mis alas que antaño me habían llevado tan lejos, y tan alto, se habían roto por la mitad.  No dijo nada; se sentó a mi lado, y acariciando mis oídos con palabras dulces, volvió a recomponer para mí todo aquello que creía roto dentro de mí.

Como una maestra Kintsugi, dejó secar mis lágrimas en su regazo.  Me acarició el pelo hasta que dejé de temblar.  Y sin dejar de darme la mano, caminando siempre hacia adelante, fue curando todas y cada una de las heridas, me ayudó a desplegar de nuevo las alas, negras, brillantes, como el azabache, permaneciendo a mi lado hasta que decidió que era buen momento para decir adiós, en silencio.

Sin un punto final.

Llegaron y se fueron.  Finales inconclusos, finales con nuevos comienzos; comienzos con finales escritos, y otros que llegan sin avisar.

Miro hacia atrás y apenas veo el comienzo.  No veo ya la silueta de ese pequeño pirata, de tan lejos que acabé caminando por la orilla.  Solo la sombra de un castillo, y las olas rompiendo contra las rocas bajo sus pies.  El rumor del océano me llega hasta donde me encuentro, de improviso; en la terraza de un bar, en una avenida concurrida para las horas que son, después de una larga jornada laboral.

Ahora me conformo con pequeños momentos, con pequeños detalles.  Un par de cervezas, una conversación amena, y la noche se puede iluminar, una vez mas.
Cuando ya no persigues la felicidad, aspiras a lugares comunes, caras amables y un atisbo de tranquilidad.

Y aun así…

Noto ese leve parpadeo, es suave batir en el aire, inconfundible.  Me digo que son imaginaciones mías.  Me convenzo para que me aferre al día a día, que siga hacía adelante, y que no busque quimeras entre líneas.  “No sueñes despierto, Cuervo”.

Pero me podría equivocar.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Cosas que nunca hiciste

Hacía tiempo que no miraba a través de la ventana, a través del espejo,  sin ver otra cosa que un mundo ajeno al mío.

Vi un cielo de un azul tan distante como tus palabras, esas que no llegaste nunca a decir, pero aun así las sentí tan presentes como estos segundos que atestiguan tu ausencia.   Cada resquicio de luz que se filtra en la habitación me sigue recordando a esas noches en las que conversábamos, al comienzo, jugando a conocernos, tan lejanas ya como las estrellas, y las sombras se vuelven infinitas en ese universo en el que te escondes, donde es imposible verte brillar.

Las horas se muestran como cartas marcadas en un juego que desconozco, pero se hacen tan familiares como los guijarros del camino, saludándome a mi paso, mientras las copas de los arboles se mecen en la brisa, en dirección opuesta.

Son esos árboles bajo los que nos quisimos esconder una vez del mundo, marcando nuestros nombres en sus cortezas, para después fundirnos en un abrazo que nunca nos pudimos dar. Y es que nunca te gustó mirar el mismo océano en el que me perdía por las tardes, así como tú te refugiabas en castillos de naipes en los que yo nunca te pude encontrar.

“Quizás sea mejor así” me gusta pensar, mientras los gatos me llaman a la puerta para contarles la misma historia, una y otra vez… quizás esperando un distinto final.

Nos pasamos la vida buscándonos en una habitación vacía, en un baile con demasiadas máscaras.  Desvelando el truco demasiado pronto, nos volvimos tan predecibles como el rocío de la mañana… convirtiéndonos en piedra, una vez mas.

Ahora, a cientos de planetas de distancia, me arrepiento de todo aquello que nunca te dije, así como siempre quedará la duda de todas aquellas cosas que se perdieron en el aire, de todo aquello que en una cajita tú decidiste guardar.

La noche se incendia, todo se envuelve en llamas.  El fuego devora todo lo que me rodea, llevándose todos esos recuerdos.  Un cometa cae en la superficie, y todo lo que era viejo perece para volver a nacer de nuevo.

Para volver a empezar de cero.

Un Amor Especial

677515c91cb4473db2f98a266a0ea338

“Con esas orejas vas a tener que estudiar mucho para poder casarte”.  Ese fue el consejo realista que Kenzaburō recibió de su propia madre.

Kenzaburō Ōe nace en el pequeño pueblo de Ose (en la actualidad es parte del pueblo de Uchiko), en la región de Shikoku, el 31 de enero de 1935.

Con 23 años ganó el prestigioso premio Akutagawa, por su relato “La presa”.
A los 25 se casó con Yukari Itami, el amor de su vida.  En 1963 esperaban su primer hijo. Kenzaburō tenía entonces 28 años.

El bebé nace con una hidrocefalia severa, el pequeño Hikari sobrevive con secuelas irreversibles: Discapacidad intelectual, ceguera parcial, epilepsia y autismo.
Por aquel entonces, Kenzaburō hace un viaje a Hiroshima, al epicentro mismo del horror.

Es la gente de allí la que acaba animándole a él, y no al revés, su niño no habla, no se comunica, no tiene interés por nada, apenas se mueve. Es una especie de flor preciosa (en palabras de sus padres), Yukari y Kenzaburō analizan cada gesto. Buscan algo.

Un día descubren que el niño reacciona levemente al escuchar cantar a los pájaros. Le traen un montón de discos de trinos. En ellos, se escucha el sonido de un ave y una locutora dice el nombre a continuación.


El niño se entusiasma. Meses después, estando de de vacaciones, Kenzaburō sale a pasear con su hijo, en el campo escuchan un gorjeo. – Rascón – dice Hikari.

Lo es. Un rallus aquaticus

Su padre no da crédito. El niño ha reconocido al pájaro gracias a uno de los discos y ha tenido el deseo de decir el nombre. Es la primera vez que se comunica de forma verbal con su padre.

Es capaz de reconocer y de imitar a cualquier pájaro. Y todos los días juega con sus padres a ese juego de adivinanzas en el que es imbatible.

Cuando descubre la música clásica vuelve a apasionarse.A los 11 años empieza a recibir lecciones de piano como parte de su terapia. Carece de coordinación física, toca con gran dificultad, sin embargo se concentra al máximo.Kumiko, su abnegada profesora, lo desafía a improvisar.

Le pide que apunte en una partitura lo que vaya tocando por su cuenta.Pasa el tiempo e Hikari le trae algo escrito. La maestra lo toca, sonríe e imagina que es una transcripción de Mozart o Chopin.

Pero no.  Es suyo.

Es una composición propia.El joven silencioso ha abierto su alma gracias a la música.

Empieza a ser un adulto capaz de expresarse y de aprender otros conceptos relacionándolos con la música. El primer CD grabado por Hikari Ōe recopilaba 25 piezas cortas para piano.  Salió al mercado en 1992 y vendió 80.000 copias.

En todo ese tiempo del crecimiento de Hikari, Kenzaburō Ōe escribió y escribió. Sobre Hiroshima, sobre la pérdida y la culpa, sobre el futuro, pero sobre todo sobre su hijo.
En 1994, Kenzaburō Ōe recibió el premio Nobel de literatura. Cuatro años más tarde inmortaliza su historia en el libro “Un amor especial” en el que también brillan las acuarelas de su mujer, Yukari.

Y hoy en día, el jardín de la familia está repleto de casitas y comederos para pájaros.
Su canto es el recuerdo de aquel enorme descubrimiento. Porque todos, seamos como seamos, tenemos capacidades por descubrir, no siempre a la vista, a las que consagrarnos.

Aquí os dejo 3 de sus obras. Adagio en D menor para flauta y piano,  Grief Nº3 para piano y Nocturno 2 para flauta y piano.  Espero que las disfrutéis.

(Gracias a l@s amig@s de Cultura Re-evolucionaria por descubrirme a padre e hijo.  Sois, como esta familía, un auténtico tesoro).

 

La invasión de las pequeñas cosas

b134b86c703ba1266fe1683471e53f0b
Las mañanas de los jueves tienen un encanto especial.

A diferencia de todos los mortales, que ya desean que llegue el tan ansiado viernes, para mí comienza la semana, y normalmente (no siempre, gracias a los Dioses), las noches del miércoles al jueves las paso desvelado.

Esta situación tiene un efecto ambivalente; por un lado llego el primer día al trabajo hecho un trapo (risas), pero por otra parte puedo ver como despunta la mañana en el horizonte desde la terraza de mi madriguera provisional.

Y aquí me tenéis, aporreando el teclado del baqueteado portátil de mi santa madre, en la terraza, mientras apuro un cigarrillo que ya casi es brasa en su totalidad, mirando como el cielo comienza a incendiarse.

Hoy vuelvo al trabajo después de 10 días de descanso.  Diez días que en realidad han sido cinco, porque la última mitad he estado (perdón, estoy), con una infección en una muela y las noches han sido realmente tortuosas.  Pero como todo problema siempre es una oportunidad, he aprovechado el tiempo.  Hace muy poco me enteré que un buen amigo está pasando por momentos especialmente delicados, y siendo bien conocedor de lo que se siente (demasiado bien, diría yo), he intentado ayudarle de la mejor manera que se me ocurre; haciéndole compañía, escucharle,  hacer juntos actividades y compartir aficiones comunes, distrayéndolo.

Poco puedo hacer, pero algo es algo, me digo a mí mismo.  Consolar a alguien siempre me ayuda a olvidarme de las cosas que me atormentan a mí, como un pequeño calmante que te tomaras para dejar de sentir esas insidiosas punzadas en el corazón.  Por lo menos lo oigo reírse, gastar bromas, e ir acumulando quehaceres en su día a día con proyectos que le ilusionan.  Yo le aliento y le animo a continuar en ese camino, aunque sé que esa sonrisa es parte de una fachada resquebrajada donde se atisba el dolor que le atormenta.  Noto esa risa que parece hueca porque suena mas fuerte de lo normal, por intentar aparentar una normalidad que en realidad es cualquier cosa menos normal.  No le culpo.  Es una herida completamente nueva para él.  Una brecha que le parece imposible que pueda llegarse a sanar.

Y lo miro y le sonrío porque para mí es un espejo en el que me veo reflejado con absoluta nitidez.

Me encantaría decirle que esta recorriendo un sendero inhóspito, traicionero, pero aun así, hay que recorrerlo.  Nunca hay que detenerse para mirar atrás, porque de lo contrario, se corre el peligro de pararse, que la nostalgia y la añoranza se vuelvan tus peores enemigas y entrar en una espiral de autodestrucción casi imposible de sortear.  No quiero que se lo traguen sus miedos y caiga en ese pozo insondable.

Yo estuve allí, y puedo deciros con franqueza que en aquellas oscuras profundidades todo deja de tener sentido, y solo quieres rendirte.  Pero, como descubrí a base de paciencia y aprender a quererme a mí mismo, con todos mis aciertos y errores, al final solo la noche es mas oscura justo antes del amanecer.

Por eso he dedicado estos días en los que la muela no paraba (ni ha parado), de incordiarme, volcado en esas actividades que tanto nos gustan, y lo he animado lo mejor que he podido (y sabido), hacer.  Y así, poquito a poco, me he dejado invadir por todas esas pequeñas cosas que tenía guardadas en un cajón;  me he propuesto seguir dejando aquí una nota cada semana, como mínimo.  Volver a este pequeño desván al que añoro volver pero, una vez aquí, me invade esa inmensa nostalgia; todos esos recuerdos tan dulces como dolorosos, en forma de ecos de un tiempo pasado, donde solo habían complicaciones, pero vivía el presente (aquél presente, que parece ya de otra vida), de la manera mas sencilla posible.  Con esa inocencia e ilusión infantil que hacían de cada mañana una sorpresa, y las noches solo prometían emoción.

Bajo meditabundo las escaleras, y vuelvo a cerrar el desván con llave, hasta la próxima semana.  El dolor que ahora vuelve a mí no es de mis encías, no.  Es de esta querida cicatriz que por mas que el tiempo corra, nunca se acaba de cerrar.

La acaricio con ternura y me preparo para una semana de trabajo donde, salvo imprevistos, debo recobrar la normalidad.  Regular horarios de sueño, quehaceres en casa, y administrar el poco tiempo que tengo entre que me despierto y voy a la oficina, hasta que vuelvo y me voy a dormir.

El tiempo pasa, y aunque algunas cosas cambian, otras siempre prevalecen; estos amaneceres de los jueves, donde atisbo al mundo bostezar justo antes de arrancar y echar a andar.  Las calles poco a poco van llenándose de ruido, y ese silencio que horas antes me importunaba se diluye y escurre por las grietas de las aceras hasta desaparecer.

Apuro el último cigarro de la noche y me dispongo a bajar a la madriguera a comenzar mi jueves particular.  Toca alejarse del castillo hasta la semana que viene, y deshaciendo mis pasos para volver al principio, rezo una plegaria silenciosa a los Dioses para dar gracias por las personas que están a mi lado, por las que compartieron un momento de sus vidas conmigo y se fueron, y por aquellas que aun no han aparecido, pero están por llegar.
Y por aquellas con las que me volveré a reencontrar.

 

Apuntes sobre mi paso por el invierno

1

Solo cuando te das cuenta de lo que realmente quieres, solo en ese momento, es cuando también te das cuenta que ya es demasiado tarde.
Y ahora, casi un año después de conocernos, de descubrirte, de desmontarme para rehacerme de nuevo, ahora en la distancia, puedo ser valiente.
Valiente como nunca antes había llegado a ser, para decir realmente lo que siento.

Y que lo siento.

Me libero de toda la culpa, de todo el miedo, de toda duda que hubiera albergado mi ser, con la amarga certeza que que nuestras sendas no volveran a cruzarse.
Es triste, lo sé, pero como ley de vida, nos debatimos en cadenas de momentos, en espirales de sentimientos, que tal como nacen, brillan con luz propia hasta desaparecer.  Así me siento yo, en mitad de un remolino de sensaciones, de sentimientos encontrados, pero que ya no temo esconder porque el único destinatario es la nada.  Ya hace casi un año que no que no hay nadie al otro lado que me devuelva la llamada.

No estas ahí.

Por eso, ahora que me el sol me descubre desnudo en lo alto de esta colina, amenazando con incendiarme, puedo extender los brazos, mis alas, cerrar los ojos, y tras coger una bocanada de este frío aire de enero, gritar todo lo que llevaba dentro de mí, sin miedo a que el rechazo me embista y me desintegre.  Ahora puedo dejar de consumirme por dentro sin temor a decir que te sigo queriendo, y cada día apareces vívidamente en mi retina, en mi memoria. Y  salvo una mañana limpia de nubes, donde antes reinaba la lluvia en forma de lágrimas, ya solo queda el camino, siempre el camino, para encontrar un significado a todo esto.

Odio las despedidas.  Nunca he sido capaz de despedir ni tan siquiera a mi infancia, esa que ha sido tan larga que nunca acaba de terminar,  como sé que fuí yo el que acabé cerrando esa puerta, echándote a patadas de mi vida, aunque nuestra última conversación, esa última llamada, fuera una agridulce despedida entre lágrimas de ambos.  Porque era eso o la locura.

Pero sigue sin ser excusa.

Aun pensando en todas y cada una de las palabras que te dije en nuestra última conversación, tengo la absoluta certeza que se quedaron en el tintero muchas cosas, y aun así, ahogamos todas esas esperanzas que, de otro modo, hubieran sido aniquiladas por la terrible verdad que nos aguardaba.  Pero te mentiría si dijera que no te extraño todos y cada uno de los días que han pasado, y que cada noche vuelves a copar todos mis sueños, aunque el frío de las sabanas se convierta en una puñalada, día tras día, en una cama enorme donde se quedó el molde de tu cuerpo en tu lado de la cama.

La vida sigue inmisericorde a mis sentimientos, y tú, como una bella naufraga, sigues aquí anclada en mis recuerdos, con el eco de tu risa resonando en mis oídos.
La mañana viene a recordarme hoy que todo es efímero, que todo lo que toco lo acabo rompiendo, y pese a saber de antemano que acabaría por herirte, tuviste esa bondad que solo tienen las criaturas fantásticas para abrirte ante mí, y aprendiste a conocerme, a saber quien soy en realidad.  Tomé de ti todo lo que pude, que es mas de lo que me merezco, pero menos de lo que me hubiera gustado.  Quizás en otra vida, en otras circunstancias, con otros cuerpos y otras miradas,  descubramos que nuestros dedos meñiques llevan atados ese hilo rojo que nos conduzcan hasta el otro, si estiramos de él, para volver a encontrarnos.

Mientras, si me lo permites, seguiré desandando la senda hasta el momento exacto en que nos encontramos por vez primera (en apenas unos días) para reiniciar todo lo que mi corazón albergaba.  Quizás así pueda desentrañar cada uno de estos latidos, que sin pretenderlo,  ya buscaban desesperadamente tu aliento.

Volveremos a caminar, una vez mas.  Solo el tiempo dirá si soy digno de encontrar lo que estoy buscando.

Aullidos

3cb492b33755cab813cc5b8d1de90271 (1)

Tras un año de tormentas, de horizontes salpicados de bruma, había zozobrado hasta hundirme en las profundidades del océano.  No importaba la presión, ni el frío, ni tan siquiera la falta de aire que respirar.  Había aceptado esa extraña calma que nos ofrece la eterna negrura que se funde en infinitas capas de sombra, que te abraza en silencio.

Una vez mitigado el dolor, llegó la sorpresa.  Tras vagabundear por los caminos de mi memoria, rememorando tiempos que nunca volverían, quise sacudirme las piedras de los bolsillos, pero temí perder también esas pequeñas piedras preciosas que me había encontrado durante todos estos años.
Creí que sería un pequeño sacrificio que había que hacer para alcanzar la Golconda, una pequeña burbuja de cristal en mitad de la nada, y con la nada envolviéndome como un sudario en una esfera de perfecta tranquilidad, la alcanzaría.

Eso creía.

Y de repente, caminando de puntillas, asomaron unas pequeñas orejas de cachorro de loba curiosa, y te propusiste sacudirme de mi recién inaugurada realidad artificial.

La había visto pasear cerca de aquí.  Remoloneaba por las esquinas de mi conciencia, esquiva como solo el agua es capaz de hacer sorteando las piedras sumergidas en el arroyo, fluyendo entre mis pensamientos mientras acariciaba, tímidamente, su mirada por el paisaje hasta que finalmente se encontró con la mía.

Fue una ardua tarea ganarme su confianza;  El oso viejo y herido buscaba el mudo consuelo de la curiosa lobezna que quería acercarse… pero la incertidumbre los separaba como una gruta abismal, infranqueable.

Pero esa pequeña se armó de constancia, y pese a verse rodeada de muros (tanto los suyos como los míos) consiguió tejer una red de seda, encaramarse  sobre la gruta para llegar hasta mi vera, destrozar lo que quedaba de mi ya maltrecha armadura, y rozar con sus suaves dedos un corazón otrora marchito, que ahora late de nuevo.

He despertado de mi ensimismamiento como quien hiberna durante eones bajo un manto de escarcha, notando mis sentidos embotados, entumecidos.  Me estiro y noto el suave crujido de mis músculos al cobrar vida de nuevo, bajo una claridad que se me antoja distinta, desconocida, pero sumamente hermosa.  Mis ojos entrecerrados se deleitan bajo una luz nueva, por primera vez en muchísimo tiempo, mientras hilvano en mi mente los primeros compases de un día incierto, pero emocionante.

Y allí estas tú, que apareciste de la nada para romper la escacha, la esfera perfecta, la quietud del noche con tus aullidos.
Me miras con esos ojos enormes que me producen vértigo, igual que la primera vez.

Unos ojos que invitan a perderme en la noche, entre la espesura, a un lugar donde nadie será capaz de encontrarnos, por mas que busquen.

Nuestro pequeño escondite.

El sol incendia el horizonte, somnoliento, sin prisa pero sin pausa, albergando el sueño de un tiempo que ahora, precisamente ahora, se sucede demasiado lento.  Cuento los segundos que se burlan de mi impaciencia, mientras te paseas lenta y lozana, susurrando en silencio, caminando de puntillas, apoyando la mejilla sobre las paredes de mi consciencia, contando las pulsaciones, ronroneando con el lento ir y venir del aire en mis pulmones.

Aullando suavemente contra mi pecho, como un cálido diapasón.

Sacudiste mi mundo en cuestión de segundos, pequeña loba.  Déjame hacer lo propio, si lo deseas, con el tuyo.

El Poema

storm-35

Bruma.

La bruma convierte en collage las vidas errantes de las almas viejas.
Almas sin consuelo que se mueven a través del tiempo y el espacio, buscando el final de los hilos rojos del destino sin saber que estos fueron cercenados antaño.
Se mueven entre la sombra y la duda, intentando escapar de las grietas de su conciencia, cada vez mas grandes, a paso rápido, casi a la carrera.
Saben que en juego está todo su mundo, sus sueños, sus esperanzas, y solo pueden contemplar, casi atónitos, como todo ello puede colapsar.

Y lo contemplan con esos ojos cansados, grises, que solo se consiguen reccoriendo ese arduo sendero, ese camino silencioso por el desierto de la incomprensión, la indecisión y la dualidad.

En esa especie de deriva me he visto arrastrado en los últimos meses, asolado por ese vacío rellenado de manera irregular por sensaciones, sentimientos, que en su superficie parecían tan reales, tan auténticos, que me negaba a ver la realidad.

Como un naufrago desesperado que acaba bebiendo agua de mar presa de la desesperación y una sed inacabable.  Capaz de desoír las advertencias para embarcarme en un viaje a través de la tormenta solo para volver a sentir la calma, esa extraña paz, que solo puede sentirse cuando uno se encuentra en el ojo del huracán.

Y arrastrado por el remolino de los acontecimientos, sin ninguna sirena que viniera al rescate al perder pie con la realidad, me zambullí en los recuerdos; En esa turbia nostalgia, disfrutando el sabor agridulce de los momentos vividos.

Deleitándome con esos bombones que me ofrecía mi maltrecha mente.  Unos bombones envenenados.

Me convertí en un espectador ausente, viendo discurrir el pasar del tiempo en tercera persona, atrapado en una cuarta pared de cristal autoimpuesta.
Un castigo justo para una mente quebrada, acusadora, dictando sentencia por no haber tenido la decencia de claudicar y desaparecer.

Son en estos momentos cuando recuerdo un poema, que descubrí en un film por vez primera, al que acudo en mis momentos de hipersensibilidad, antes de que mi mente amenace con estallar:

No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
Como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Entre la rabia y la ira, la llama y la muerte, mis ojos se anegan en unas lágrimas que no se dignan a salir.
Como en ese dulce y trágico poema, mi deriva se hace enorme en estas noches donde el silencio ensordece, mis demonios campan a sus anchas, y ni siquiera los fármacos ayudan a traer el sueño de los justos. Las olas me mecen con una extraña canción de cuna, elevándome hasta sus crestas, casi pudiendo tocar las estrellas, y casi pudiendo contemplar ese vacío infinito en mi interior que parece imposible de llenar.

Una paz tan lejana como esquiva.  Una calma que se niega a llegar.