Muro maravilloso

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Nunca antes una noche había tenido tantas horas:

Las dudas, los miedos, los recelos se marchitaban a cada paso que dabas hasta encontrarme. Unos ojos esquivos para una mente confundida, me susurrabas, mientras tus labios se teñian de desconsuelo en fracción de segundos, para sonreirme inmediatamente despues. Una sonrisa por fuera para esconder una lágrima por dentro.
Nos ibamos acercando a medida que pasaba la noche. Los segundos perdían la noción de si mismos mientras nos quitabamos las vestiduras de nuestras almas a golpe de florete. Una finta aquí, un amago allá, y seguíamos deshaciéndonos, lentamente, como cubitos de hielo en un vaso de tubo.

Cada vez tus ojos me esquivaban menos, tus dedos se quedaban mas tiempo en mi piel, y tu sonrisa de cartón se hacía mas pequeña para dejar ver otra nueva. El muro habia recibido un golpe fatal en su estructura, y se veían las primeras grietas.

Lejos de dolerme, los impactos se hacían cada vez mas deliciosos; como un lirio que ve la luz de la primavera por primera vez, te ibas abriendo, lentamente, para mostrarme quien estaba detras de todo aquello. Me enseñabas el cómo, el cuándo y el porqué de todos los momentos vividos, de todos los susurros perdidos, de todas las miradas furtivas. Sabías que yo estaba allí por tí, y sabía que tú estabas esperando algo así, pero no en ese preciso instante. Volvías a erigir ese muro maravilloso para prevenirme, para prevenirte, por miedo a sentir de nuevo aquello que no recordabas pero volvía como un eco, una y otra vez, cada vez que se encontraban nuestras miradas.

Nadie sabrá nunca lo que nos dijimos en el vacío, ni tampoco sabrán que descubrimos al vernos, en esta ocasión, por vez primera. Dejaste que mis dedos se deslizaran bajo tu alma, y tú te prestaste a descubrir todos mis demonios. Y el mundo se volvió un borrón y cuenta nueva, con un mañana que no quería llegar a descubrirnos allí sentados, temiendo romper la magia de nuestras palabras. Un muro maravilloso, recuerdas? Nunca antes había pensado sentirme como me siento ahora, y jamás pensé que sería feliz con tan pocos gestos, con tan pocas palabras. Y con tus ojos.

Nunca mas querré volver sobre mis pasos, a ese mismo vacío, para quedarme a sentirte de nuevo, en tu ausencia. Intentar por todos los medios no sucumbir a mis impulsos, y marchar en tu busca, con todas sus consecuencias. Querré cerciorarme que no lo he soñado, que no hae soñado nada en esta noche en la que volví a lanzarme contra ese muro que tanto temías que rompiera, pero como los castillos de arena contra las olas, se deshace lentamente a cada acometida. Nunca antes había querido derrumbar un muro maravilloso.

Nunca antes unas palabras habian resultado tan devastadoras.

Septiembre

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460 días.

1 año, 3 meses y 1 día.

Mucho tiempo, la verdad.  Demasiado.  Algo mas de una órbita completa.  Un suspiro para los que el tiempo los pone entre la espada y la pared.  Una vida entera para los que están sumidos en un sueño perpetuo, en perpetua somnolencia existencial.

¿Que ha sido ese tiempo para mí? para mí el tiempo se volvió una paradoja, una sensación ambigua, con una pregunta flotando en el aire, y el sabor de la respuesta resbalando por mis labios, deshaciéndose en la boca, sin llegarse a responder.

Esa misma pregunta que me acechaba en las noches de impaciencia infantil, con una pecera sobre mi cabeza, mirando a la negrura fantástica del cielo nocturno, como hijo de dos mundos que añora un lugar entre las estrellas pero desconoce el motivo, ni a cual de ellas en particular.

Sin apenas proponérmelo, decidí comenzar a olvidarlo todo.

Decidí en todo este tiempo no recordar que existía un lugar, donde yo me escondía para dibujar palabras en el agua, acurrucado en un desván.  Un desván en lo alto de un castillo, en ruinas, tan desvencijado como acogedor.  Pero volver aquí acabó siendo doloroso, porque todo lo que me rodeaba me producía el efecto contrario al deseado; me hacía recordar.
Me recordaba todo lo que ya no tenía.  Objetos repartidos minuciosamente en cada rincón para mostrarme cuan incompleto me sentía.

Me había convertido en un puzle con forma humana, y tan solo podía observar impávido el puñado de piezas sueltas desperdigadas a mi alrededor.

Así que cerré la trampilla, y bajando las escaleras de cuatro en cuatro, huí a la carrera, abandoné el castillo, tan furtivamente como cuando lo encontré por vez primera.
Y sin mas refugio que la oscuridad de la noche, opté por esconderme, pensando (erróneamente, ahora lo sé), que podría escapar de todas esas cosas que añoraba, de la sombra de todas esas piezas que faltaban, atravesando una puerta tras otra; el sueño, el olvido, quizás hasta la locura, iban cerrándose tras de mí.

Pasado un tiempo, sobre el silencio de dicha pregunta sin respuesta, anidó otra mas pequeña, inocente, casi inofensiva.  Me sorprendí intentando desenmarañar los hilos, buscándole un sentido, intentando despejar la incógnita a esa ecuación tan sencilla en aparencia.

¿Donde están las cosas que se pierden?

Y así fue como fui inconscientemente deshaciendo el camino de huida, el camino de vuelta, desdoblando cada esquina, encontrando notas en los rincones, descubriendo esas pequeñas pistas que, de manera velada o no, me había dejado una parte de mí por si algún día me proponía volver.

Dejando que el sopor se disipara, desperezándome, me encamine por esas puertas, una a una, camino de vuelta a este pequeño castillo que guarda mas secretos de los que a mí me gustaría admitir.  Los recuerdos volvieron lentamente, como el ligero caer de una pluma, para descubrir que ya no dolían, sino que la sensación que me presentaban era algo distinto a lo que yo preveía sentir.

Aun así, y solo por si acaso, me quité un calcetín para dejarlo de tope en la puerta de la locura; No conozco a nadie mas traicionero que uno mismo, y a fin de cuentas, si alguna vez hice cosas maravillosas, nunca fueron, precisamente, en momentos de lucidez.

Así que mientras deshacía el camino para salir del laberinto, me volvió a atrapar septiembre. Un mes con el nueve tatuado a la espalda, mi mes favorito.  A fin y al cabo, es el mes en el que nací.  No podía haber mejor época para mi regreso para estos lares, ni mejor refugio donde sanar las heridas, y esperar a que la tormenta amaine.

Septiembre era el mes idóneo para volver, porque tal y como dice el refrán: “En los meses de primavera todo está demasiado lleno de vida. En verano, está demasiado fuerte y no hay manera de soltarlo. En otoño todo está cansado y más dispuesto a morir.”

La noche me ha encontrado sentado en el suelo del desván, esperándola.  Los objetos siguen donde estaban, tal y como los había dejado.  Las piezas han desaparecido, pero supongo que es cuestión de tiempo que vuelva a encontrarlas.  Mientras tanto, volveré a ponerme la pecera en la cabeza, como antaño, y le preguntaré a la Luna si ya encontró mi estrella, y donde esta mi lugar.

Tenemos mucho de que hablar.

Carretera Perdida

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Nunca me ha sentado bien el bourbon, aunque es una de mis bebidas favoritas.  Y ahora que la noche esta en su apogeo, vislumbro el final del camino en el fondo de una botella, carretera perdida de un sinfín de noches sin sueño,

No pensaba que las cosas podrían irse de madre de esta manera, salir por unos derroteros tan inexplicables como la vida misma, pero vete tu aquí que mi cabeza se volvió una peonza que gira y gira como si la poseyera el mismo diablo, y no encuentro el modo de pararla.  Así que, con mi mente al borde del “overload”, sigo enfilando por esa carretera cortada, dejando atrás esa señal de “DEAD END” con una sonrisa naciendo en la comisura de mis labios, y en mis ojos brillando un pensamiento al ver pasar como un rayo esa advertencia, que se me antoja una promesa.

“A ver si es verdad”, pienso en voz alta.

(risas de fondo)

Estos dias han sido extraños, convulsos. He llegado a verme a mí mismo en mitad de la noche, bajo una inmisericorde Luna alumbrando la carretera, y no veo un final en el horizonte manchado de oscuridad.  Es ella la que nos aterroriza tanto pero a la vez nos seduce de manera irremediable, y es la oscuridad la que nos abraza en estos momentos en los que parece que todo ha acabado, pero a nadie le importa.  Así que simplemente conduzco.

Me acomodo en el asiento del viejo Camaro del 67, con The Animals y su House of the Rising Sun sonando quejumbrosamente en una radio que por no vivir dias mejores, vivió como hará unas cuantas décadas.

Como todos, supongo.

Singulares autoestopistas se asoman por un arcén brumoso, haciéndoles parecer fantasmas en la carretera; un Johny Cash sonriente con su vieja guitarra a la espalda y con el sueño americano tatuado en la frente. Semiinconsciente y abrazado a la linea continua yace un Jim Morrison en pleno trayecto en su barco de cristal, y sus mirada promete viajes a lo desconocido en mitad de la tormenta. Tengo que dar un volantazo para no atropellar a Grace Slick, semidesnuda y en mitad de la carretera, rodeada de conejos blancos.

Entre la niebla del camino diviso a Nick Cave sentado junto a PJ Harvey, mirándose como dos enamorados que vivieron en tiempos diferentes, como dos almas separadas por vidas de distancia, pero con sus labios a apenas centímetros de distancia, sin llegar a tocarse nunca. Abonados a ese redoble de tambor que precede a un beso apasionado, congelados en la eternidad de la noche.

Oigo un estertor en el asiento de atrás, y reconozco la risa asmática de esa alma torturada que me ha hecho de mentor durante mis trayectos mas oscuros; mi querido “tio” Tom, apurando la poca cordura que queda en su petaca de whisky, y mas viejo que el propio Judas.  En un arranque de sabiduria (siempre dice “o eres sabio, o esta cuerdo. Pero no puedes tener a las dos muchachas a la vez, vale?”), me mira con ese pozo sin fondo que tiene por mirada y rasga el aire con un “no te andes por las ramas, peregrino”.

Y sonrie, con esa sonrisa de cabrón de Pomona que sólo le regalaron a él para su 28 aniversario. Clavo el cambio de marchas en dirección suroeste, haciendo toser la trasmisión del vehiculo, y aceleró hasta que el motor se enciende de rabia para intentar alcanzar ese horizonte en llamas, como si el mismo Diablo nos estuviera esperando al final del trayecto.

Y le devuelvo la sonrisa.

Caminos a lugares seguros

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Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor.

 

El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

 

La primera es la puerta del sueño.  El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor.  El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño.  Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento, y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse.  Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

 

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

 

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

 

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.

 

Desencuentros

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Hombre, hola…!

(pone el marcapáginas en el libro, lo cierra y lo deja a un lado)

¿Cuanto ha pasado desde la última vez? ¿habrán pasado semanas, verdad?  Te pido disculpas, de verdad.  A veces no sé donde tengo la cabeza, y la verdad es que llevo un tiempo que no me doy cuenta de según que cosas, y quizás te he “abandonado” un poco.

Pero… siéntate! aprovechemos el encuentro y pongámonos un poco al día.

¿Que dónde he estado? pues aquí, como siempre.  La última vez que nos vimos estaba bastante “tocado”, y debo decirte que, lamentablemente, no he mejorado mucho al respecto. Hay días que estoy bien, que me levanto de la cama sin pensar e intento ordenar mi vida y esos aspectos que tengo guardados en el primer cajón de la cómoda.  Leo, leo muchísimo (señala el libro que tiene a su lado).  Este me lo regalaron para Sant Jordi; ¿sabías que es el primer regalo que recibo en… unos 3 años?  Ademas, era el regalo perfecto de la persona perfecta.  Le tengo mucho cariño y tenía muchas ganas de leerlo, y aquí me tienes… enfrascado en su lectura.  También he estado escuchando música, toneladas de canciones; unas me subían el ánimo por momentos, y otras… bueno, dejemoslo en que las otras no lo hacían tanto.

¿Que qué hago tan tarde y despierto?  Pues como ves, leyendo… llevo todo el mes con el sueño completamente cambiado, y solamente cuando estoy realmente cansado, alcanzo a dormir seis o siete horas del tirón.  Y los viernes… bueno, los viernes noche se han convertido en la “noche en blanco” semanal; no consigo dormir aunque lleve despierto varios dias, así que….

Sí, lo sé.  No es bueno, ni saludable.  Pero estoy en esa fase de volver a reaclimatarme a todo lo que me rodea, “reiniciarme” e intentar volver ser el que era.  Pero se me hace complicado, mucho.  Ahora mismo todo lo que me envuelve esta un poco emborronado, y no sé muy bien por donde tirar.

Fue como cuando me perdí de pequeño en unos grandes almacenes.

¿Que nunca te lo he contado? (se ríe), ay… pues tendría unos 3 años; mi madre me soltó un momento la mano y yo, inquieto de mí (era terriblemente inquieto a esa edad), una vez libre del “yugo” que me impedía corretear por esos pasillos de baldosas brillantes y enceradas, y tras un par de vueltas, me vi completamente solo, sin ningún adulto alrededor.

Supongo que esa fue la primera vez que sentí la angustia de sentirme solo, completamente solo.  Y debería haber aprendido la lección, porque pocos meses después volví a soltarme de la mano (esta vez de mi hermana), y cruzando la calle sin mirar me arrolló un coche, pero bueno… eso es otra historia.

Por donde iba… ah, sí.  Perdido;  ahora mismo estoy en un momento en el que muy pocas cosas captan mi atención, o mi interés.  Tengo muchas cosas aparcadas, y estoy a la espera de volver a “tener ganas” de hacerlas, porque hoy por hoy, no tengo intención de retomarlas. Escribo mucho, pero son cosas que son para mí, para nadie mas, porque son extremadamente personales y no quiero compartirlas.  Pero me obligo a hacerlo (a escribir), porque luego me cuesta horrores volver a hilvanar mas de 3 frases seguidas sin que me desespere.  Ahora no me cuesta tanto, y lo agradezco sobremanera.

(Se queda observando), Adivino lo que estas pensando… que llevamos un buen rato hablando y hay un tema en concreto sobre el que quieres preguntarme y parece que esté dando un rodeo para evitarlo (sonríe).   No, no pasa nada.  Sé que has estado preocupado todo este tiempo (como otros tantos), sobre como sobrellevaría la ruptura, y no tengo problema en hablarlo contigo tampoco, así que…

¿Por donde empiezo? Que quieres saber… ¿Si sigo pensando en ella? A todas horas. ¿Si lo estoy llevando bien? Para nada, pero no me queda otra. ¿Que qué tengo pensado hacer? Pues no lo sé, como ya te he dicho.  Ahora mismo me interesa no pensar, porque si pienso, se me va la cabeza, y duele.

Todo se basa en eso, en el dolor.

Solía pensar que el dolor era algo interior contra lo que podias luchar y vencerlo. Pero no lo es. Es algo externo, como una sombra.
No puedes escapar de él, porque muchas cosas te recuerdan a esa persona, a su cara, su sonrisa, su voz.  En cualquier momento recuerdas una conversación, una expresión o anécdota, y te vuelves a perder en ensoñaciones que acaban desgarrándote por dentro.

Y si aun hablas con esa persona, aunque sea de vez en cuando, es peor aún.
Porque quizás te ves preparado, crees que puedes ser lo suficientemente maduro como para llevar una conversación coherente y normal, pero al cabo de un rato, o un tiempo mas tarde, te das cuenta que ha sido una pésima idea; por muy bien que creyeras encontrarte, vuelves a querer hundirte en el pozo al ver como ese precario dique que habías construido a tu alrededor se agrieta y se derrumba, volviéndote a sentir tan frágil y vulnerable ante esa cascada de sensaciones.

Como un niño que intenta construir una fortaleza en la orilla de la playa, luchando contra las acometidas de las olas.  Una y otra vez.  Eso el que me pasa a mi con el dolor.

Tienes aprender a convivir con él. Y no se vuelve cada vez mas pequeño.

Al final, simplemente llegas a aceptar que está ahí. Acabas tomándole cariño después de un tiempo, esperando que llegue el día que deje de dolerte como lo hacía al comienzo, y se quede solo en pequeñas punzadas, como pequeños alfileres, y en momentos muy puntuales, te recuerden que no se ha ido, que sigue ahí, pero que no te acuerdas de él como antaño.

Y en eso estoy; como ves, me intento abstraer de todos y de todo.  Intento escribir un nuevo comienzo, aunque no sé donde dejé el bolígrafo y el bloc de notas.  O quizás es que aun no tengo ganas de buscarlos, como no tengo ganas de otras tantas millones de cosas.

Y espero.  Me siento aquí con un café, un libro, y dejo que todo gravite a mi alrededor sin participar en nada en concreto.  Que pasen los días, que se caigan las hojas del calendario, y quien sabe, puede que llegue el día en que todo vuelva a ser como antes.

Solo es cuestión de esperar, y en eso estoy;  estoy esperando a dejar de quererla.

 

 

Almas viejas

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El origen de la expresión alma vieja provienen del taoísmo, un sistema filosófico y religioso chino que cuenta con más de 5.000 años de antigüedad. Según este sistema, el alma abandona el Tao, que sería una unidad global y natural, para adquirir experiencias. Sin embargo, como en el taoísmo todo debe volver a su raíz, en un viaje de eterno retorno, el objetivo final de esa alma es regresar al Tao, enriquecida con las experiencias de vida.

Así, el alma pasaría por 5 edades o etapas, mientras mayor es la edad, más perfección se logra y más elevados son los niveles de percepción de la persona. El alma vieja sería el último estadio sobre la tierra. Las personas con un “alma vieja” tienen características que las diferencian del resto: son más espirituales y les preocupa encontrar su lugar en el mundo. También suelen percibirse como parte de algo mucho más grande, parte de un todo que las sobrepasa. Además, su principal objetivo es lograr la satisfacción interior.

Se dice que muchos psicoterapeutas, filósofos y artistas son realmente “almas viejas” ya que estas son profesiones que suelen llamarles la atención. A estas personas les gusta aprender sobre la marcha, de sus propias experiencias, y suelen desafiar el orden de las cosas.

En estas diez pautas, veremos si somos, o conocemos, a una de estas personas con un alma vieja;

 

1. Nunca se sienten totalmente comprendidas

Las personas con almas viejas pueden ser vistas como personas extrañas ya que usualmente tienen ideas y estándares de vida poco convencionales. Usualmente sentirán que hay algo que los separa del mundo real, porque cosas como tener una gran riqueza y otros aspectos de vivir una vida material no les interesan realmente. Tener expectativas e ideas diferentes sobre cómo vivir puede hacer que sea difícil que los demás les comprendan y comprendan el propósito de su vida.

2. Nadie comprende lo relajados que son y la facilidad que tienen para perdonar

Las almas viejas tienden a tener un punto de vista filosófico de la vida y ven las cosas en perspectiva. Es decir, que cuando los problemas aparecen y se ven forzadas a superar grandes obstáculos, comprenden que incluso en los momentos más difíciles de la vida hay beneficios. Pueden ver lo bueno en las personas, en la vida y en las interacciones del día que parecen negativas o monótonas.

3. Pueden contenerse mucho a la hora de vivir la vida

A medida que evolucionan, la conciencia que tienen sobre ellos mismos aumenta y son capaces de identificar de manera firme sus creencias sobre la vida y el mundo. El problema es que usualmente pueden ver muchas posibilidades dentro del espectro de la vida, y en vez de sentirse liberadas para crear el destino que desean, se inhiben gracias a esta libertad que han establecido.

4. Tomar decisiones basándose en una “sensación” parece lógico

La intuición es un lenguaje sutil y sofisticado, y estas personas trabajan todos los días para sincronizarse con la manera en que su cuerpo se comunica con ellos. Este instinto es el nivel más simple y básico de la intuición física que comunica mensajes de si/no o seguro/no seguro. Usamos esto cuando tratamos de tomar decisiones sobre ciertas personas o relaciones a nivel personal y profesional. Estas almas viejas dejan que su instinto los guíe a la hora de tomar decisiones y los demás no comprenderán cuando les dicen que ‘hay algo que sientencon respecto a algo o alguien.

5. Pueden ser vistas como personas solitarias

Estas personas desean tener relaciones importantes, con impacto y que duren en todos los aspectos de su vida. Preferirían tener un par de amigos cercanos que decenas de conocidos que casi no conocen, lo que no quita que sean sociables. Tal como los introvertidos, preferirían utilizar su energía social con personas con quienes puedan tener conversaciones profundas.

6. No están seguras si alguna vez encontrarán su hogar

Uno de los problemas al tener un alma vieja es la imposibilidad de sentir que hay un lugar al que pertenecen. Sea que viajen alrededor del mundo o hayan vivido toda su vida en el mismo lugar, puede ser difícil para estas personas lograr sentir que tienen un hogar en este mundo. Buscan constantemente personas amables y un lugar donde sientan que pertenecen.

7. Es muy importante su tiempo a solas

Ser un alma vieja puede generar una existencia solitaria a veces. Necesitan la soledad para sentarse y reflexionar sobre la vida y para recargarse cuando están exhaustos, lo que puede ser frustrante para sus amigos y su familia. A menos que a ellos les pase algo similar y comprendan la necesidad de estar solos de vez en cuando, este comportamiento puede generar problemas.

8. Su definición de diversión es diferente a la de los demás

Encuentran cosas placenteras en los pequeños momentos de la vida. Irse de viaje por el fin de semana y conducir, ir a un restaurante que esté abierto las 24 horas durante la noche, tomar batidos y ver como amanece, pasar la tarde escribiendo cartas, son algunas de las cosas que les gusta hacer. El problema es encontrar a otras personas que les guste lo mismo.

9. Aprenden a ver de forma romántica la vida

Estas almas tienen una forma muy romántica de ver el mundo y usualmente, cuando el mundo no cumple con sus expectativas, pueden sentir que esto tiene un impacto emocional muy grande en ellos. A pesar de que son idealistas, eventualmente aprenden a ver el lado más realista de las cosas.

10. Le es difícil evitar que completos extraños les hablen

Hay algo en estas personas que hará que los demás se acerquen y les hablen. Podrían estar sentando en un tren o en un asiento en algún lugar, alguien se sentará a su lado y 20 minutos después conocerán toda su historia. Los demás se sienten atraídos a hablar con ellos pero puede ser difícil salirse de estas conversaciones porque sienten que es su responsabilidad escuchar a estos extraños que quisieron hablarles.

Visto en Thought Catalog y en Enlace.Social

73 dias

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(Nota del autor: como sabéis, siempre pongo una canción al final de cada entrada para acompañar a mis escritos; Algunos ya lo hacéis, pero os recomiendo que antes de empezar a leer, le deis al play a la canción antes de leer esta entrada, y que esta canción os acompañe mientras leéis, como una fiel compañera.  Seguro que os hará entender mejor lo que quiero compartir con vosotros).

Después de la vorágine de días que he vivido, esta noche, finalmente, he podido sentarme a escribir.

Desde el fin de semana quería sentarme y volcar todas las sensaciones que sentía, todo esos sentimientos encontrados que se arremolinaban en mi mente.  Pero no me veía capaz, no sin darme tiempo para dejar pasar el dolor, la ira, la impotencia, y dejar que la tempestad pasara de largo para que, una vez llegada la calma, mis palabras no estuvieran impregnadas de otra cosa que no fueran agradecimiento.

He pasado, sin lugar a dudas, los 73 dias mas felices de mi vida.  73 dias que no me van a abandonar nunca, y siempre los recordaré con cariño, y el haberlos compartido con la que, posiblemente, sea la persona mas increíble y maravillosa que jamas pensé que iba a encontrar.

Porque solo encuentras, una vez en la vida, a una persona que hable tu mismo idioma, que te haga sentir tal como eres, y puedas compartir absolutamente todo lo que hay dentro de tí, sin juicio alguno, y sentirte en plena sintonía con sus sentimientos.

Y sucede, muchas veces, que pese a ese nivel de compenetración para con esa persona, los sentimientos que uno puede sentir por la otra persona simplemente sean un aprecio, un cariño enormes, pero nada mas.

Nadie puede forzar a otra persona a sentir algo que no siente.  Por mucho que la quieras.

Y una vez que sabes que no funciona, teniendo la certeza que se ha intentado pero no ha resultado como uno espera, el dolor acude a tu corazón como un viejo amigo que siempre acude a tí en esos momentos, envolviendo tu mente, fracturando tu corazón de cristal, queriéndote morir por momentos, desvanecerte como el humo sin dejar rastro.

La impotencia te deja ese sabor amargo en la boca del estómago, ese nudo en la garganta, y tu mente se deshace en todas esas pequeñas cosas que guardamos en las esquinas de nuestra mente para torturarnos; ese “que podría haber sido” que nunca será.

Quizás, en el dolor del momento, en ese estado de shock en el que me encontraba, con mi cabeza haciendo aguas por todas partes, y mis ojos anegándose en lágrimas, podría haber guardado un poco de entereza, no derrumbarme como lo hice, para despedirme con un simple y leve apretón en su antebrazo, haberle dicho “cuídate” y darme la vuelta corriendo para derrumbarme en el asiento de un tren solitario de vuelta a casa, a solas con mis demonios.

Podría haberla abrazado, con la serenidad y la tranquilidad de saber que era simplemente un “hasta luego”, que no iba a desaparecer para siempre, y que, después de todo lo que habíamos pasado juntos, en tan poco tiempo, pero con tanta intensidad, que tuviera la certeza que aquí había encontrado a un amigo, a alguien que iba a estar para ella cuando me necesitara, y aunque no la acompañara en su camino como lo había pensado en un principio, siempre podría echar la mirada por encima de su hombro y encontrarme no muy lejos de allí para volver a pasarnos el dia hablando, riendo, compartiendo cualquier inquietud, anhelo, o tontería que se nos pasará por la cabeza.

Ojalá me hubiera despedido de esa manera, y no de la manera que lo hice.

Porque personas como ella no se merecen otra cosa; por su bondad, por esa ilusión que contagia a los demás con sus proyectos, sus anhelos, y esa capacidad de soportar los golpes y seguir adelante, apretando los dientes, que te impulsan a seguir tras su estela, avanzando como buenamente se pueda, a través de la ventisca.
Y todo lo aprendido con ella;  convicción, ilusión por aprender, las motivaciones necesarias para hacer lo que estoy haciendo ahora (pese a todos los contratiempos que me he encontrado y que me han dado ganas de rendirme), y sus palabras de aliento….

Eso es impagable, y no debería quedarme con otra cosa.

Y es verdad, no puedo quedarme con ninguna cosa negativa de todos estos 73 días.  No me arrepiento de ninguno de ellos, del primero al último, salvo de la manera de despedirme. Las cosas no son siempre como uno espera y hay veces que las cosas, simplemente, no funcionan.  Es esa lección con la que me quedo, y se lo tengo que agradecer a ella, como tantas otras cosas.

Vuelvo a creer en mi mismo, y pese a los días oscuros que me acompañan por motivos obvios, y aun con esas punzadas de dolor que me aguijonean el corazón de vez en cuando (sobretodo en noches como esta),  me tranquiliza saber que aunque haya perdido la que podría haber sido mi compañera perfecta en este viaje,  he ganado una amiga fiel con la que puedo contar, y me comprenderá al cien por cien, siempre.

Solo necesito salir de este apagón mental, de este fundido en negro, pero tengo la certeza que solo la noche es mas oscura, justo antes del amanecer.

Es lo que ella me habría dicho.

Y una vez me que vea capaz, solo me quedará reunir el valor necesario para decirle todo esto que os he contado.  Ese día llegará, mas pronto que tarde, esperando que me perdone y lo comprenda.

Es solo cuestión de tener paciencia.  Solo eso.