Aullidos

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Tras un año de tormentas, de horizontes salpicados de bruma, había zozobrado hasta hundirme en las profundidades del océano.  No importaba la presión, ni el frío, ni tan siquiera la falta de aire que respirar.  Había aceptado esa extraña calma que nos ofrece la eterna negrura que se funde en infinitas capas de sombra, que te abraza en silencio.

Una vez mitigado el dolor, llegó la sorpresa.  Tras vagabundear por los caminos de mi memoria, rememorando tiempos que nunca volverían, quise sacudirme las piedras de los bolsillos, pero temí perder también esas pequeñas piedras preciosas que me había encontrado durante todos estos años.
Creí que sería un pequeño sacrificio que había que hacer para alcanzar la Golconda, una pequeña burbuja de cristal en mitad de la nada, y con la nada envolviéndome como un sudario en una esfera de perfecta tranquilidad, la alcanzaría.

Eso creía.

Y de repente, caminando de puntillas, asomaron unas pequeñas orejas de cachorro de loba curiosa, y te propusiste sacudirme de mi recién inaugurada realidad artificial.

La había visto pasear cerca de aquí.  Remoloneaba por las esquinas de mi conciencia, esquiva como solo el agua es capaz de hacer sorteando las piedras sumergidas en el arroyo, fluyendo entre mis pensamientos mientras acariciaba, tímidamente, su mirada por el paisaje hasta que finalmente se encontró con la mía.

Fue una ardua tarea ganarme su confianza;  El oso viejo y herido buscaba el mudo consuelo de la curiosa lobezna que quería acercarse… pero la incertidumbre los separaba como una gruta abismal, infranqueable.

Pero esa pequeña se armó de constancia, y pese a verse rodeada de muros (tanto los suyos como los míos) consiguió tejer una red de seda, encaramarse  sobre la gruta para llegar hasta mi vera, destrozar lo que quedaba de mi ya maltrecha armadura, y rozar con sus suaves dedos un corazón otrora marchito, que ahora late de nuevo.

He despertado de mi ensimismamiento como quien hiberna durante eones bajo un manto de escarcha, notando mis sentidos embotados, entumecidos.  Me estiro y noto el suave crujido de mis músculos al cobrar vida de nuevo, bajo una claridad que se me antoja distinta, desconocida, pero sumamente hermosa.  Mis ojos entrecerrados se deleitan bajo una luz nueva, por primera vez en muchísimo tiempo, mientras hilvano en mi mente los primeros compases de un día incierto, pero emocionante.

Y allí estas tú, que apareciste de la nada para romper la escacha, la esfera perfecta, la quietud del noche con tus aullidos.
Me miras con esos ojos enormes que me producen vértigo, igual que la primera vez.

Unos ojos que invitan a perderme en la noche, entre la espesura, a un lugar donde nadie será capaz de encontrarnos, por mas que busquen.

Nuestro pequeño escondite.

El sol incendia el horizonte, somnoliento, sin prisa pero sin pausa, albergando el sueño de un tiempo que ahora, precisamente ahora, se sucede demasiado lento.  Cuento los segundos que se burlan de mi impaciencia, mientras te paseas lenta y lozana, susurrando en silencio, caminando de puntillas, apoyando la mejilla sobre las paredes de mi consciencia, contando las pulsaciones, ronroneando con el lento ir y venir del aire en mis pulmones.

Aullando suavemente contra mi pecho, como un cálido diapasón.

Sacudiste mi mundo en cuestión de segundos, pequeña loba.  Déjame hacer lo propio, si lo deseas, con el tuyo.

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El Poema

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Bruma.

La bruma convierte en collage las vidas errantes de las almas viejas.
Almas sin consuelo que se mueven a través del tiempo y el espacio, buscando el final de los hilos rojos del destino sin saber que estos fueron cercenados antaño.
Se mueven entre la sombra y la duda, intentando escapar de las grietas de su conciencia, cada vez mas grandes, a paso rápido, casi a la carrera.
Saben que en juego está todo su mundo, sus sueños, sus esperanzas, y solo pueden contemplar, casi atónitos, como todo ello puede colapsar.

Y lo contemplan con esos ojos cansados, grises, que solo se consiguen reccoriendo ese arduo sendero, ese camino silencioso por el desierto de la incomprensión, la indecisión y la dualidad.

En esa especie de deriva me he visto arrastrado en los últimos meses, asolado por ese vacío rellenado de manera irregular por sensaciones, sentimientos, que en su superficie parecían tan reales, tan auténticos, que me negaba a ver la realidad.

Como un naufrago desesperado que acaba bebiendo agua de mar presa de la desesperación y una sed inacabable.  Capaz de desoír las advertencias para embarcarme en un viaje a través de la tormenta solo para volver a sentir la calma, esa extraña paz, que solo puede sentirse cuando uno se encuentra en el ojo del huracán.

Y arrastrado por el remolino de los acontecimientos, sin ninguna sirena que viniera al rescate al perder pie con la realidad, me zambullí en los recuerdos; En esa turbia nostalgia, disfrutando el sabor agridulce de los momentos vividos.

Deleitándome con esos bombones que me ofrecía mi maltrecha mente.  Unos bombones envenenados.

Me convertí en un espectador ausente, viendo discurrir el pasar del tiempo en tercera persona, atrapado en una cuarta pared de cristal autoimpuesta.
Un castigo justo para una mente quebrada, acusadora, dictando sentencia por no haber tenido la decencia de claudicar y desaparecer.

Son en estos momentos cuando recuerdo un poema, que descubrí en un film por vez primera, al que acudo en mis momentos de hipersensibilidad, antes de que mi mente amenace con estallar:

No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar;
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
Como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y los locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían,
No entran dócilmente en esa buena noche.

Y los hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.

Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

Entre la rabia y la ira, la llama y la muerte, mis ojos se anegan en unas lágrimas que no se dignan a salir.
Como en ese dulce y trágico poema, mi deriva se hace enorme en estas noches donde el silencio ensordece, mis demonios campan a sus anchas, y ni siquiera los fármacos ayudan a traer el sueño de los justos. Las olas me mecen con una extraña canción de cuna, elevándome hasta sus crestas, casi pudiendo tocar las estrellas, y casi pudiendo contemplar ese vacío infinito en mi interior que parece imposible de llenar.

Una paz tan lejana como esquiva.  Una calma que se niega a llegar.

Tierra de nadie

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Hoy te volviste a cruzar en mi camino.

Te cruzaste en forma de brisa matutina, soplándome en los párpados y creí verte sonriendo bajo las sabanas.  Mirándome con ojos de gata curiosa.

Esos ojos que sería capaz de reconocer en cualquier parte, en cualquier lugar, ya no soportan la luz, y deambulan estos días entrecerrados, observando a tientas, pero sin llegar a mirar en realidad.

Confundo el trinar de los pájaros con el sonido de tu risa, como el dulce ronroneo a mediodía de todas esas cosas que se cuecen a fuego lento. Esas que tanto apetece probar, pero tienes que armarte de paciencia para no meter los dedos y quemarte, porque sabes, en el fondo, que están deliciosas.

Y entre sonidos huecos, miradas perdidas y sombras quemadas en la pared, me puse a buscarte de nuevo, como tantas otras veces, con la extraña certeza de que siempre te tuve delante, pero que aun así jamás te sería capaz de encontrar.

Aun se me acelera el corazón al cruzar cada esquina.  Ya no me apetece ser aquel que tiene que fingir que detesta las sorpresas para no decepcionarse, y en mi mente se forma la idea de que nada ni nadie puede dañarme, si te presiento cerca de mí.

Te siento en cada rincón de la ciudad, y me sorprendo intentando descubrir tus mensajes ocultos, tras el vaho de los cristales de los comercios, en las grietas escondidas bajo las enredaderas de las paredes empedradas de los viejos edificios, para acabar persiguiendo tu eco, como en una gincana cruel e interminable,  enmarañado en un laberinto de callejuelas sin salida, de personas que borran tu rastro con cada uno de sus pasos.

Al final, como siempre, me pierdo en mí mismo de tanto imaginar caminos, pistas y señales, que los ojos me escuecen de tanto soñarte despierto.

“Hoy lo intenté” me digo a mí mismo, y me escondo de nuevo, al caer la noche, bajo una muralla de palabras, alejado de mis miedos, a salvo tras una línea de fuego fatuo, inmutable, bajo las sabanas.

Y antes de caer en sopor, pienso una vez mas, si sólo intentarlo no fue suficiente.

 

Septiembre

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308 días.

Diez meses y ocho días.

Mucho tiempo, la verdad.  Demasiado.  Casi una órbita completa.  Un suspiro para los que el tiempo los pone entre la espada y la pared.  Una vida entera para los que están sumidos en un sueño perpetuo, en perpetua somnolencia existencial.

¿Que ha sido ese tiempo para mí? para mí el tiempo se volvió una paradoja, una sensación ambigua, con una pregunta flotando en el aire, y el sabor de la respuesta resbalando por mis labios, deshaciéndose en la boca, sin llegarse a responder.

Esa misma pregunta que me acechaba en las noches de impaciencia infantil, con una pecera sobre mi cabeza, mirando a la negrura fantástica del cielo nocturno, como hijo de dos mundos que añora un lugar entre las estrellas pero desconoce el motivo, ni a cual de ellas en particular.

Sin apenas proponermelo, decidí comenzar a olvidarlo todo.

Decidí en todo este tiempo no recordar que existía un lugar, donde yo me escondía para dibujar palabras en el agua, acurrucado en un desván.  Un desván en lo alto de un castillo, en ruinas, tan desvencijado como acogedor.  Pero volver aquí acabó siendo doloroso, porque todo lo que me rodeaba me producía el efecto contrario al deseado; me hacía recordar.
Me recordaba todo lo que ya no tenía.  Objetos repartidos minuciosamente en cada rincón para mostrarme cuan incompleto me sentía.

Me había convertido en un puzzle con forma humana, y tan solo podía observar impávido el puñado de piezas sueltas desperdigadas a mi alrededor.

Así que cerré la trampilla, y bajando las escaleras de cuatro en cuatro, huí a la carrera, abandoné el castillo, tan furtivamente como cuando lo encontré por vez primera.
Y sin mas refugio que la oscuridad de la noche, opté por esconderme, pensando (erróneamente, ahora lo sé), que podría escapar de todas esas cosas que añoraba, de la sombra de todas esas piezas que faltaban, atravesando una puerta tras otra; el sueño, el olvido, quizás hasta la locura, iban cerrándose tras de mí.

Pasado un tiempo, sobre el silencio de dicha pregunta sin respuesta, anidó otra mas pequeña, inocente, casi inofensiva.  Me sorprendí intentando desenmarañar los hilos, buscándole un sentido, intentando despejar la incógnita a esa ecuación tan sencilla en apariencia.

¿Donde están las cosas que se pierden?

Y así fue como fui, inconscientemente, deshaciendo el camino de huida, el camino de vuelta, desdoblando cada esquina, encontrando notas en los rincones, descubriendo esas pequeñas pistas que, de manera velada o no, me había dejado una parte de mí por si algún día me proponía volver.

Dejando que el sopor se disipara, desperezándome, me encamine por esas puertas, una a una, camino de vuelta a este pequeño castillo que guarda mas secretos de los que a mí me gustaría admitir.  Los recuerdos volvieron lentamente, como el ligero caer de una pluma, para descubrir que ya no dolían, sino que la sensación que me presentaban era algo distinto a lo que yo preveía sentir.

Aun así, y solo por si acaso, me quité un calcetín para dejarlo de tope en la puerta de la locura; No conozco a nadie mas traicionero que uno mismo, y a fin de cuentas, si alguna vez hice cosas maravillosas, nunca fueron, precisamente, en momentos de lucidez.

Así que mientras deshacía el camino para salir del laberinto, me volvió a atrapar septiembre. Un mes con el nueve tatuado a la espalda, mi mes favorito.  A fin y al cabo, es el mes en el que nací.  No podía haber mejor época para mi regreso para estos lares, ni mejor refugio donde sanar las heridas, y esperar a que la tormenta amaine.

Septiembre es el mes idóneo para volver, porque tal y como dice el refrán: “En los meses de primavera todo está demasiado lleno de vida. En verano, está demasiado fuerte y no hay manera de soltarlo. En otoño todo está cansado y más dispuesto a morir.”

La noche me ha encontrado sentado en el suelo del desván, esperándola.  Los objetos siguen donde estaban, tal y como los había dejado.  Las piezas han desaparecido, pero supongo que es cuestión de tiempo que vuelva a encontrarlas.  Mientras tanto, volveré a ponerme la pecera en la cabeza, como antaño, y le preguntaré a la Luna si ya encontró mi estrella, y donde esta mi lugar.

Y es que tenemos mucho de que hablar.

Frágiles

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Silencio.

He buscado, durante muchos años, el silencio en su estado mas puro, para calmar las aguas que se arremolinaban a mi alrededor.

Que cubrieran mis pensamientos ahogados de duda, que cerraran mis ojos para dejar de existir.  Que acallaran las voces que gritaban tanto por fuera como por dentro, convirtiendo mi cuerpo en sombra y ceniza.

Silencio hecho sepulcro para un alma encerrada en una botella de cristal.

Hoy lo encontré, escondido a plena luz del dia, acechandome, recorriendo mis pasos furtivamente, agarrándome del pecho a traición, para hacer añicos ese espejo que tanto me había esmerado en cuidar, satisfecho de mi propio reflejo, el de alguien en quien me quería convertir.

El silencio me dejo sordo y acalló toda voz de prudencia, me cegó para no ver el abismo que se abría ante mis pies, y enmudeció mis ruegos y suplicas mientras me precipitaba al vacío.

En silencio.

Nunca se me han dado bien las despedidas, bien lo sabes.  Y cuando percibí que una asomaba en el horizonte, quise estallar en llamas, borrar toda huella de mi paso por tu existencia, y apagarme como una estrella moribunda, lamentándose de si misma, y tras un estruendo distante, volver a la nada que tanto tiempo había anhelado, años atrás.

Cogí la manta mas gruesa que encontré en el armario, y me encaramé con paso vacilante a esa buhardilla que tantos recuerdos guarda, para echarme en el suelo a hacerme un ovillo, convirtiendo, manta y castillo, en mi pequeña sala funeraria, listo para la inmolación.

Rodeado de polvorientas cajas.

Porque sería injusto no agradecer todo lo vivido, cada día, cada hora, y cada segundo, que estuvimos juntos y quemamos como si fueran los últimos.  Sin red de seguridad, tan solo cuerda y equilibrio, sin mirar abajo, hasta que el vértigo nos hizo decir basta, reculando hasta el rincón mas oscuro de nuestros miedos.

Sería egoísta rechistar por todo lo que podría ser, pero no llega, cuando me has descubierto tantas cosas que ni en mis sueños habría dado con ellas, y aun así no respeté ninguno de tus deseos, con la impaciencia de un niño pequeño que lo quiere todo, y lo quiere ahora.

Ese no soy yo.  Ni jamás querría serlo.

Me afané en intentar ser todo lo que siempre quise, un reflejo perfecto para alguien perfecta, donde no cabían las dudas ni los miedos, obviando la premisa mas elemental y aun así de tan obvia que era, se me hizo esquiva, o yo no quise verla.  La respuesta a esos silencios (esos que si me importaban), tenían un motivo, que quizás, ahora, no hubiera querido descubrir.

Ahora sé porqué escondiste tan celosamente tu corazón, y es porque ya tenía dueño.

Me descubrí de nuevo sintiéndome frágil, vagando en busca de algo que contestarte, mientras las sienes palpitaban a punto de estallar.  Abrazándome el cuerpo me hice cada vez mas pequeño, volviendo a ese rincón húmedo de mi infancia, meciéndome adelante y atrás, contando en silencio, tarareando melodías que me inventé para noches de tormenta, donde era incapaz de controlar mi piel, mi mente, ni mi cuerpo.

Queriendo romper a llorar, pero con los ojos ardiendo sin una sola lágrima a la vista.
Queriendo gritar, pero con mi voz quebrada asfixiándome en la garganta.
Retorcido en un dolor invisible,, atenazándote el pecho lenta pero inexorablemente, atrapando a tu corazón desnudo en una prisión de oscuro ámbar.

Y con tanto presagio de truenos agrietándote la conciencia, finalmente rompes a llover, y te pierdes en la tormenta.

No es sencillo ser conscientes de nuestra fragilidad hasta que notas finalmente como se rompe algo dentro de tí; no llegamos a entender como funcionamos de verdad hasta que se pone a prueba nuestros sentidos, nos enfrentamos a nuestros miedos, hacemos frente a nuestros sentimientos.  Y pese a las ilusiones, a las esperanzas, hay un espacio amplio reservado para el miedo.

Un miedo tan real como este silencio sordo, que merodea por estos lares a estas horas, como un humo denso que emborrona, soporífero, todo aquello que me envuelve tras mis pasos, tras estas palabras.

Y no me atrevo a moverme de aquí, tras esta manta, en este viejo desván, repleto de cajas viejas con un millar de recuerdos.  Porque espero a que se haga de día, vuelva la luz de la mañana,  y despertar en tu regazo, notar como me acaricias el pelo con tus dedos.

Cierro los ojos con fuerza, rezando por un dia que se antoja, todavía, aun lejano. Entre estas cajas esta tu corazón guardado, en algún lugar.  Me esperan jornadas de arduo trabajo en un futuro inmediato, pero tiempo es lo que me sobra ahora mismo para encontrarte.

No voy a caer de nuevo en las prisas, y paso a paso, dejaré que los días se me lleven por delante, esperando volver a ver donde se cruzan esos caminos tan cercanos, pero a la vez tan distantes.

Y tu corazón, si no me equivoco, debe andar por aquí, en alguna parte.

Cuando no me miras

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Las estrellas decidieron llorar una tormenta mientras miraba por la ventana.

Las horas se emborronan unas encima de otras, como el tiempo.  Lluvia, rayos y truenos se solapan con momentos de una luna radiante, confundiéndome.  No sabes como te encuentras en realidad cuando te sientes así.

Me pasé el dia meditabundo, intentando no pensar en esas cosas que tanto me afectan, a pesar del tiempo transcurrido.  Quizás me pierdo mas en mí mismo cuando lo que en realidad debería hacer es fijarme mas en los pequeños detalles que tengo delante.  Pero como siempre, llego mal y a destiempo.

Como tu me enseñaste una vez, mi sexto sentido es darme cuenta de las cosas, pero tarde.

Por eso espero a tu ausencia, a esos momentos que no estas, y cuando no me miras, intento recomponerme.  Cuando no lo haces, me puedo permitir el lujo de llorar en silencio, ofuscarme unos instantes y mostrarme tal como soy, como me siento.

Sé que detestas la debilidad, así que fue fácil ocultarme entre sonrisas durante un tiempo… pero hasta el mejor de los disfraces se deshilacha si uno se descuida, y puede caérsete encima el telón, las luces y el decorado.  Por suerte la función puede continuar, porque todo esto sucede en breves instantes, cuando nadie se percata (o casi).

Lo intento con todas mis fuerzas. Sobretodo, cuando no me miras.

No deja de llover.  El cristal se empaña con la humedad, y aprovecho para pintarle un corazón a la ventana distraídamente, pensando en que estarás haciendo.  Me sonrío ante la estupidez de dicho pensamiento; estarás trabajando, que es lo que ibas a hacer si no…

Me sorprendo echándote de menos, así como nuestras “charlas relámpago” cuando los dioses me sonríen y puedo disfrutarte en persona.  Y todo sucede rápido, como si tratáramos de contárnoslo todo en lo que tarda en cruzar el cielo una estrella fugaz. Añoro esos momentos como se añora ese rinconcito fresco que se encuentra, casi de casualidad, bajo la almohada, en una calurosa noche de Agosto.

Un pequeño bálsamo para cuando faltaba el aire en la habitación.

Parece que amaina, y el repiqueteo de la lluvia se convierte en un suave rumor.  El suave ronroneo del agua contra la superficie se asemeja al mensaje que uno podría susurrarte al oído en plena duermevela, cuando te encuentras en los limites de la consciencia, imposibles de descifrar si no cierras los ojos y te concentras, simplemente, en escuchar.

Fue un día raro, donde el pasado y el presente colisionaron, abriendo viejas heridas, de esas que te reconcomen por dentro, porque no sabes cuando se acabaran de curar.  Pero me digo que estoy bien, que si el tiempo no ha acabado conmigo, solo es tiempo lo que necesito para volver a empezar.

No estoy solo, porque nunca acabas de dejarme del todo.  Siempre apareces en el momento indicado para hacerme una señal.  Por eso te escribo, a hurtadillas, cuando no me miras, para darte las gracias.

Por volver a pasar hoy por el horizonte en forma de estrella fugaz.

 

La Soledad del Guerrero

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Hoy me gustaría, antes de dormir, hacer una pequeña reflexión tanto para vosotros, como para mí mismo.

La vida no es perfecta (eso lo sabemos todos ya), y donde un dia parece que todo está perfectamente planificado, al dia siguiente te sumerges en un improvisado remolino por donde se escapa todo lo que tienes, todo lo que habias planeado para tí y para los tuyos… pierdes toda tu vida. Te despiertas en un pozo sin fondo, y no dejas de caer. Y mientras caes, como no, te planteas todos los pasos que has dado, retrocediendo uno a uno en tu memoria, para ver que ha sucedido, como has llegado hasta este punto, y si te lo mereces. La rabia y la impotencia hacen que te hierva la sangre, pero no encuentras culpables, aunque los tengas a plena vista. Quieres pensar en lo mas obvio, pero no quieres tener ni razón, ni ser la víctima, ni ser comprendido. Solo quieres tu vida, tal y como era antes de caer.

Lo sé, lo sé… parece que estoy en una de mis fases de “entrar en barrena”… pero hoy esta entrada no habla de mí.

Una de mis mayores suertes en la vida ha sido la de siempre estar conociendo gente nueva. Gente corriente, pero a la vez especial. Con sus vidas, sus manias, sus pegas y sus virtudes, y Willard (lo llamaremos así para guardarlo en el anonimato) es una de esas personas que te caen en gracia con solo hablar con él dos frases. De sinceridad genuina, espontanea, risa contagiosa e ingenio locuaz, es el típico amigo inteligente con el que puedes hablar de cualquier cosa (y bromear con él de practicamente todo). Hasta ahí todo bien. Pero Willard no es precisamente un dechado de fortuna; esta pasando por un momento en su vida que, al yo saberlo, me dejó helado. Mi amigo esta a las puertas de la separación. La ruptura de un matrimonio es algo doloroso, muy doloroso. Pero no me imagino que puede ser el hacerlo teniendo hijos pequeños. Willard no esta pasando un buen momento, y yo, que le escucho hablar con los ojos iluminados cada vez que habla de sus vástagos, no podía dejar de pensar en como estará la situación legislativa al respecto, así que comencé a buscar en internet, a ver que encontraba:

Lo primero que encontré fue esto, del diario gratuito “20 minutos”:


Centenares de padres separados apenas pueden ver a sus hijos
Sus ex parejas les impiden mantener el contacto con los niños que, en muchos casos, acaban con depresiones crónicas.

La separación de una pareja significa en muchos casos perder de vista a los hijos. En Zaragoza hay más de 200 padres separados con problemas para ver a sus hijos, según la Asociación de Padres de Familia Separados de Aragón (Apfsa). «El 75% no ve a sus hijos hace años y el 20% lo hace con muchos problemas», explica Juan José Valero, el presidente.
Las mujeres se quedan con la custodia de los niños en el 95% de los casos y los padres se conforman con verlos unas horas cada 15 días. Sin embargo, algunas madres impiden a sus ex maridos mantener contacto con ellos alegando que los hijos no quieren verles.
Así comienza un rifirrafe (más de la mitad de los divorcios son con hostilidades) en el que los niños son los más perjudicados. Muchos desarrollan el síndrome de alienación paternal, es decir, odian a un padre que les quiere, porque la madre les habla mal de él.
Este síndrome puede llevar a una depresión crónica e imposibilitar el desarrollo del niño en un ambiente psicosocial normal, según afirman los expertos.

Seguí buceando por la red y cada cosa que leía, me alarmaba mas… “androcidio”, “sindrome de aversion parental”… Es posible que dos personas que se han amado, que han concebido el traer una vida humana al mundo, puedan volverse así, y destruir, literalmente, todo lo que han creado?

Me temo que sí. Me temo que pueden hacer eso, y mucho mas.

Intentar rehacer tu vida es díficil. Y creo que intentar rehacerla teniendo que hacerse cargo de mantener el alquiler del piso comun. las dos manutenciones de sus pequeñajos (que”pagarís encantado, eso y 1000 veces mas” porque son la alegría de su vida), trabajando casi todos los dias de la semana, a horarios intempestivos, e intentar llevar una vida condicionada al poco tiempo que tienes despues de trabajar y al poco tiempo que tienes para ver a tus hijos… yo creo que esto superaría a mas de uno y de dos en su situación.

Por eso no me extraña que se haya disparado estos ultimos 3 años un 89.3% el indice de suicidios de hombres separados en España. No voy a entrar en polémica sobre algo que desconozco y no soy autoridad como para desmentir o ratificar cualquier información sobre este u otros temas relacionados. Lo que YO he visto es a un amigo que esta destrozado, impotente, queriendo saber que ha pasado para que su vida se haya ido al traste. Si él, que no fuma, no bebe, se cuida, se desvive por los suyos y jamas ha sido infiel ni a su pareja, ni a sus principios, se encuentra en esa situación: ¿que se puede esperar de la vida, entonces?
Lo veo, intentando regalar tranquilidad con su sonrisa y sus buenas maneras contándonos lo bien que están sus pequeños, que rápido crecen, y con solo verle la cara sabes lo mucho que los quiere. Como cualquier padre que quiere a sus retoños.

Por eso queria dedicarle esta entrada, este pequeño naipe enarbolado a una pared del castillo, para solidarizarme con él, para que sepa cuanto aprecio su esfuerzo, su tenacidad, su perseverancia. Sigue luchando dia tras dia, por lo que quiere, y por los que quiere. Y eso emociona, y hace que los que lo conocemos, nos sintamos orgullosos de tenerlo en nuestra vida.

Eres un ejemplo a seguir, Willard.  Gracias por dejarme estar en tu vida, y nunca cambies.

“En la Soledad del Guerrero, la tenacidad aplaca los demonios de nuestra desidia, nuestra convicción desbarata las semillas de la inquina, y nuestra fe afianza los senderos que han de llevarnos a la realización de nuestras metas”.

Va por tí, Maestro.